Paz era una mujer de una singularidad extraordinaria, cuyo amor por la belleza y el arte fue siempre el faro que iluminó su camino. Decidida y con un espíritu libre, se embarcó en su cuarta carrera en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. A pesar de que ya llevaba más de una década sumergida en la pintura, y su talento era evidente para todos los que la conocían, la idea de oficializar su pasión la llenó de emoción y miedo al mismo tiempo. Los directores de los talleres de dibujo al natural, donde había perfeccionado su técnica, la alentaron a dar este gran paso, creyendo fervientemente en su talento y visión única.
Desde el principio, Paz se destacó por su dedicación y su increíble capacidad para equilibrar su vida. Como maestra de escuela y madre de dos hijos adolescentes, sabía que adentrarse en esta nueva aventura sería un reto logístico. Sin embargo, su amor por el arte era un llamado que no podía ignorar. Así, comenzó su cruzada, entregándose con todo su corazón, a pesar de que sus días se convirtieron en un torbellino de clases, trabajo y responsabilidades familiares. Incluso cuando la vida se tornó más difícil, Paz mantuvo su espíritu indomable, una llama ardiente que iluminaba los oscuros recovecos de su rutina.
Los años en la facultad fueron tanto un regalo como un castigo. Por un lado, Paz se sumergió en el mundo del arte con una pasión sin igual, aprendiendo y creciendo como nunca antes. Por otro, su vida se tornó un infierno logístico, donde equilibrar las exigentes clases, su trabajo y su hogar resultó ser una tarea agotadora. La separación matrimonial que experimentó durante este tiempo fue una herida profunda, pero Paz siguió adelante, encontrando consuelo en su arte y en la creencia de que su esfuerzo no sería en vano.
En 1994, Paz presentó las experiencias que había desarrollado con sus alumnos en años anteriores, y para su alegría, ganó un premio internacional. Sus estudiantes disfrutaron de su enseñanza excepcional, pero, en un giro cruel del destino, los padres no entendieron su enfoque. Este desencanto la llevó a cambiar a la secundaria, una decisión que, aunque difícil, le permitió continuar compartiendo su amor por el arte. A pesar de los desafíos, Paz se mantuvo firme, su espíritu puro brillando con más fuerza que nunca.
A lo largo de su tiempo en Bellas Artes, Paz siempre luchó con su incapacidad para venderse y conectarse con el mundo que la rodeaba. Su pureza y su falta de interés en el marketing la hicieron sentir como un alma pura en un mundo mediocre. Durante un año especialmente difícil, dejó de trabajar y se sumió en la creación de más obras, pero su profesor, al no ver sus cuadros en el pasillo de la facultad, la ignoró, como si no existieran. Paz se sintió frustrada y dolida, incapaz de comunicar su arte y de vender su talento. Pero, a pesar de este dolor, continuó creando, con el corazón lleno de esperanza y su alma intacta.
La historia de Paz es la de un alma noble que, a pesar de los obstáculos, perseveró en su amor por el arte y su deseo de crear. Aunque sufrió y se sintió incomprendida, su cruzada espiritual la llevó a un tipo de educación más creativa y menos formal, donde pudo explorar su verdadero ser. Su historia es un testamento al poder del espíritu humano y a la capacidad de un alma pura para encontrar su lugar en un mundo que, a veces, no comprende la belleza que posee.